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Satisfacción de los españoles

Hoy se publica una entrada en eldiario que habla de la felicidad de los españoles y que trata de aclarar por qué  a pesar de la crisis seguimos teniendo altos valores de felicidad. La entrada me parece muy interesante como una manera de aproximarse al bienestar subjetivo. Sin embargo ese bienestar subjetivo puede medirse de diferentes formas. Suele distinguirse entre dos tipos (Engelbrecht, 2009): 1) el bienestar subjetivo asociado a emociones agradables a menudo de corta duración, o hecho de sentirse bien –bienestar hedónico o felicidad–, y 2) la satisfacción que se deriva de sentirse realizado en la vida, de vivir una vida buena –bienestar eudaimónico o satisfacción con la vida–. Aunque estos dos tipos suelen identificarse, debe puntualizarse que la satisfacción con la vida guarda mayor relación con las metas personales y los juicios cognitivos que con las emociones. En este sentido, resulta de interés, como destaca Engelbreht, el hecho de que Inglehart, Foa y Peterson (2008) encontrasen que el nivel de satisfacción con la vida de una sociedad es más sensible a las condiciones económicas que a la felicidad.

Por tanto, creo que la variable a relacionar para ver si ha afectado la crisis es más la satisfacción con la vida que la felicidad. Y a ello vamos.

Si se analizan los datos de satisfacción y felicidad para España se observa que la primera variable siempre toma un valor inferior a la segunda. Nos declaramos más felices que satisfechos, tal y como se puede observar en el gráfico siguiente:

felisatis

Fuente: ESS (2002-2012)

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20 de marzo Día Internacional de la Felicidad

El 28 de junio de 2012 la Asamblea General de las Naciones Unidas en la Resolución 66/281 (en español) decide proclamar el 20 de marzo Día Internacional de la Felicidad.

Por tanto, este año es su primera celebración como tal.

En la Resolución que proclama el Día Internacional de la Felicidad se habla de ésta como un objetivo humano fundamental y se insta a los gobiernos y a aquellos que aplican políticas públicas que las formulen teniendo en cuenta este objetivo.

En este blog ya hemos visto referencias de cómo medir la felicidad y cómo tener en cuenta la felicidad como una forma de medir el desarrollo y el bienestar de un país, yendo más allá del PIB (tal y como afirmaba el premio Nobel Stiglitz recientemente)

En la actualidad diversos organismos están trabajando en medidas que nos ayuden a medir mejor el bienestar y el desarrollo de un país teniendo en cuenta esos factores sociales, además de los económicos. En el campo de la felicidad uno de esos proyectos se denomina Happy Planet Index (Índice del planeta feliz). Y una aproximación mayor y que va más allá de la felicidad es este índice.

¡FELIZ DÍA INTERNACIONAL DE LA FELICIDAD!

 

 

Conferencia de Bruno Frey: “¿Deberían los gobiernos hacer feliz a la gente?”

Hemos asistido a la conferencia que el profesor Bruno Frey ha impartido en la sede de A Coruña de la Fundación Barrié cuyo título era: “¿Deberían los gobiernos hacer feliz a la gente?”. En esta entrada pretendo comentar algunas de las impresiones y aprendizajes de la misma.

Para empezar el profesor Frey hizo un repaso a la situación del nivel de felicidad, tanto de las personas como de los países. Habló de varios de los determinantes de la felicidad y su influencia sobre la misma (así que en este aspecto no me aportó demasiado porque ya estoy familiarizado con ellos, pues he dedicado parte de mi investigación a los mismos  y sobre ellos hablaré en posteriores entradas de este blog). Entre los determinantes citados habló del ingreso, el paro, las relaciones sociales, el matrimonio, etc.

Una vez pasada esa primera fase se centró en la cuestión de la conferencia, es decir, “¿Deberían los gobiernos hacer feliz a la gente?”. La respuestas corta es que no. Los gobiernos no deben marcarse como objetivo a conseguir la felicidad de la gente como tal, es decir, no debe ser un objetivo como la reducción del déficit o la inversión en educación. En todo caso debe ser un objetivo secundario. Los gobiernos deben poner en marcha los mecanismos necesarios, principalmente a través de la inversión en educación y el fomento del emprendimiento, para que los ciudadanos alcancen esa felicidad, pero el nivel de felicidad no debe ser un objetivo como tal. ¿Por qué? Frey lo resumía diciendo que cualquier objetivo del gobierno puede ser objeto de “manipulación” y condicionar el nivel de satisfacción real de los individuos (porque se mide a través de encuestas). Por tanto, si un gobierno se pone como objetivo conseguir la felicidad ya podemos ir sospechando que algo hará para que los datos lo reflejen.

Más información sobre la conferencia:

Artículo en La Voz de Galicia: http://www.lavozdegalicia.es/noticia/galicia/2012/06/08/bruno-frey-feliz-importante-tener-amigos-tener-trabajo/0003_201206G8P37992.htm

Y un vídeo con una pequeña entrevista: http://www.vtelevision.es/informativosv/2012/06/07/0031_26_142616.htm

¿Qué es el bienestar?

Como decíamos en la entrada anterior, la noción “abstracta” de bienestar se va introduciendo en las políticas públicas y lo hace, fundamentalmente, a través de tres focos: el bienestar como preferencias satisfechas, el bienestar subjetivo y el bienestar y la calidad de vida.

El primero (bienestar como preferencias satisfechas) parte del utilitarismo. Como recuerdan Sánchez y de Santiago (1998): “El utilitarismo es una corriente de la filosofía moral que se basa en la idea de que lo bueno es aquello que proporciona placer o felicidad a los seres humanos, y lo malo aquello que genera dolor o infelicidad”. Como puntualizan estos autores, esta perspectiva no debe identificarse con el egoísmo y, de hecho, para la mayoría de los utilitaristas la felicidad individual es complementaria de la felicidad de los otros: “La felicidad, cuando es auténtica, se puede identificar con el bienestar individual a largo plazo. Es decir: hay que entenderla como un proyecto vital cuya realización exige tener en cuenta las interrelaciones con los demás”.

Este utilitarismo se ha convertido en una pieza clave del enfoque económico convencional fundamentalmente por dos razones (Sánchez y de Santiago, 1998): en primer lugar, ha permitido la construcción del homo economicus (racional, maximizador de su utilidad) y, en segundo lugar, ha generado un campo de debate (la Economía del Bienestar) sobre la posibilidad de establecer criterios “objetivos” (libres de juicios de valor) que permitan evaluar la idoneidad de las políticas económicas de los gobiernos para mejorar el bienestar social. En este contexto, el bienestar social se define, en términos generales, como “una media, ponderada de una forma u otra, de las utilidades de los individuos que forman la sociedad” (Sánchez y de Santiago, 1998). En relación con el segundo punto, en los orígenes de la Economía del Bienestar (fundamentalmente en las aportaciones de Pigou), el incremento del bienestar social se vincula al incremento del bienestar económico o material, y se considera que este puede aumentar a través de dos vías (Fernández Díaz, Parejo Gamir, & Rodríguez Sáiz, 2005): mejorando la eficiencia en la asignación de recursos y mejorando la equidad en la distribución de la renta (o, dicho de otro modo, incrementando la renta nacional y distribuyéndola mejor). En tanto que el primer objetivo es, en general, compartido por los economistas, el segundo es más controvertido ya que introduce comparaciones interpersonales de utilidad. Sigue leyendo

¿Por qué estudiar la felicidad?

El estudio de la felicidad ha planteado la necesidad de considerar, además de la renta, otros factores explicativos de la satisfacción de los individuos que deberían ser tenidos en cuenta si los objetivos son la maximización del bienestar social y la mejora de la calidad de vida.

Es un hecho que el incremento del PIB a largo plazo es un objetivo prioritario de los gobiernos y ello se debe a que la renta ha sido considerada, tanto en el campo político como en el de la ciencia económica, un buen indicador del bienestar económico y, por extensión, del bienestar social. No obstante, este supuesto ha sido puesto en tela de juicio en numerosas ocasiones y, en consecuencia, se ha criticado la preeminencia del objetivo crecimiento económico ante otros intereses o necesidades sociales que también influyen en la calidad de vida de los individuos. Por tanto, resulta relevante plantearse hasta qué punto es la renta un buen indicador del bienestar, si es un buen criterio para la orientación de las políticas económicas o si es necesario tener en consideración otros factores determinantes del bienestar. En este contexto, tienen gran interés las aportaciones que se están realizando en la investigación sobre el bienestar subjetivo (felicidad y satisfacción con la vida), tanto desde otras disciplinas como desde la propia ciencia económica.

Es constatable el aumento del interés por el estudio del bienestar subjetivo y de sus determinantes entre los economistas. La proliferación de encuestas mundiales, derivadas del ámbito de la sociología, permite disponer de una batería de indicadores que ha llevado a reputados economistas como Layard (2005) a concluir que ya podemos medir la “felicidad”. La disponibilidad de datos comparables, unido a las técnicas estadísticas y econométricas, ha potenciado una creciente literatura en este ámbito, en la que la satisfacción de los trabajadores o de la propia sociedad en su conjunto se convierte en objeto de estudio para las economistas, encuadrándose en lo que ya se ha denominado la “Economía de la Felicidad”.

Entre las razones que justifican este interés de los economistas podemos destacar las siguientes: la identificación de los determinantes de la felicidad; la comprensión de la naturaleza de la felicidad y del concepto utilidad; la contrastación de teorías y predicciones y la mejora de la política económica (Frey, 2008).

Precisamente, el estudio de la naturaleza y de los determinantes de la felicidad ha planteado la necesidad de considerar, además de la renta, otros factores explicativos de la satisfacción de los individuos que deberían ser tenidos en cuenta si los objetivos son la maximización del bienestar social y la mejora de la calidad de vida.

Esta tarea no está exenta de dificultades ya que existe en la literatura científica una gran confusión sobre el significado preciso de los términos “bienestar”, “utilidad”, “bienestar subjetivo”, “felicidad”, “satisfacción con la vida” y “calidad de vida”. Es habitual que unos se definan en función de los otros, lo que conduce a que, en unas ocasiones, se utilicen indistintamente con el mismo significado (así resulta representativa la siguiente frase de Easterlin (2001, p. 206): “I use the terms happiness, subjective wellbeing, satisfaction, utility, well-being, and welfare interchangeably”), mientras que, en otras, se les asignen significados diferenciados.

Los términos citados aparecen vinculados de una forma u otra a la idea de bienestar, pero el concepto “bienestar” no está libre de ambigüedades [1] y una de sus definiciones más ámplias es la propuesta por Gasper (2004) de “ver el bienestar como una noción global [umbrella term]”o, dicho de otro modo, como una abstracción que se refiere a cualquiera de los aspectos bien valorados de la vida (Travers & Richardson, 1993).

Desde esta perspectiva, se cómo esta noción abstracta se ha ido concretando en los restantes conceptos, existiendo aspectos que han adquirido mayor relevancia en la literatura económica que tiene implicación en la evaluación de las políticas públicas. Sobre esto trataremos en una próxima entrada.

[1] Según Gasper (2004), el bienestar se identifica en el utilitarismo con el placer (well-feeling), que a su vez es reducido en la corriente económica convencional a tener una posición acomodada financiera o materialmente (being well off, well-having or having much); por su parte, en la tradición aristotélica el bienestar se identifica con vivir una vida buena (well-living), lo que, a su vez, permite incluir múltiples aspectos como los relacionados con el pensar o el hacer (well-thinking, well-doing).

Referencias:

Frey, B. (2008). Happiness: A Revolution in Economics (Munich Lectures in Economics). The MIT Press.

Gasper, D. (2004). Human Well-being: Concepts and Conceptualizations. Helsinki, Finland: United Nations University, World Institute for Development Economics Research (WIDER).

Layard, R. (2005). La Felicidad. Lecciones aprendidas de una nueva ciencia. (V. Gordo del Rey, & M. Ramírez, Trans.) México: Taurus Pensamiento.

Travers, P., & Richardson, S. (1993). Material Well-Being and Human Well-Being. In F. Ackerman, D. Kiron, N. Goodwin, J. Harris, & K. Gallagher (Eds.), Human Well-Being and Economic Goals. Washington DC: Island Press.

Las relaciones sociales son importantes para la felicidad

Esa conclusión es una de las que puede extraerse de este artículo de El País donde se analizan los resultados de un estudio sobre la felicidad deniminado ‘La felicidad y la percepción de la salud’ y realizado por el Instituto Coca Cola de la Felicidad y la la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid. En él se analizan varios aspectos de la felicidad y su relación con la salud y se obtienen conclusiones que relacionan esos estados con diferentes aspectos del capital social, fundamentalmente con las redes sociales. Así se afirma que las redes sociales son muy importantes para la sensación subjetiva de salud:

La sensación de salud, según la investigación, está relacionada con la felicidad y ésta, con los afectos. “Un aspecto muy relevante es la influencia de la familia y los amigos en el proceso ya que, los que se sienten acompañados, se sienten más saludables que los que tienen menos apoyo”…

También se deja claro que el dinero no da la felicidad, aunque puede ayudar:

En 2010, España fue el país más feliz de Europa, después de Rumanía. Los investigadores recuerdan ese dato para demostrar el viejo tópico que sostiene que el dinero no hace la felicidad. “No hay necesariamente relación entre las condiciones materiales de vida y la felicidad”, sentencia Grabulosa. “Creo que la felicidad de una sociedad depende en parte de la capacidad que tenga de generar flujos entre las personas”, insiste.

Como conclusiones nos dice:

El informe establece una cadena de conclusiones: Las relaciones sociales nos hacen más optimistas, el optimismo nos hace sentir más felices y la felicidad nos hace sentir más saludables. Grabulosa, sin embargo, advierte: “No se puede decir; evite usted la gripe siendo feliz”.

Por tanto, reforzar las redes sociales de una persona contribuye a aumentar su felicidad.